Ana María del Río (Santiago, 1948) es narradora y académica, reconocida como una de las voces más influyentes de la narrativa chilena contemporánea. Autora de más de una docena de novelas y ocho libros de cuentos, forma parte de la llamada Nueva Narrativa Chilena de los años noventa y se ha distinguido por una escritura crítica de la sociedad chilena, con especial énfasis en la experiencia femenina.
Entre sus obras más destacadas se cuentan “Óxido de Carmen”, “Los siete días de la señora K.”, “Me he quedado con tu cadáver” (2023) y “Los años urgentes” (2024). Esta última consolida una trayectoria marcada por la exploración del erotismo, las estructuras familiares y los límites impuestos a las mujeres, siempre desde una perspectiva que busca, en palabras de la autora, “inquietar al lector más que tranquilizarlo”.
Paralelamente, ha cultivado la escritura infantil —con títulos como “Lita, la niña del fin del mundo” y “La bruja bella y el solitario”, y otros títulos. También ha incursionado en el cine con el coguionaje de la película “Bombal” (2011) de Marcelo Ferrari. Además la acompaña una extensa labor docente como profesora de Lenguaje y Comunicación en la Universidad de Rice y en University of Pittburgh. Es Máster en Literatura Hispanoamericana por Rice University (EE.UU.) y ha recibido variados reconocimientos como el Premio Municipal de Santiago (3 veces) , el Premio Manuel Montt de la Universidad de Chile, el Premio Bombal y el Premio Letras de Oro de la Universidad de Miami.
Actualmente, es candidata al Premio Nacional de Literatura 2025 en la categoría de narrativa, con el respaldo de figuras como Isabel Allende, Diamela Eltit, Sonia Montecino y Andrea Jeftanovic. Asimismo, participa como vocera del proyecto Todas Vivas en la Memoria, de la colectiva AUCH+, que busca reparación simbólica a través de la escritura en homenaje a mujeres, infancias y embarazadas víctimas del gobierno militar.
Con una obra amplia, una voz que ha tensionado los márgenes del canon y un compromiso sostenido con la libertad de las mujeres, Ana María del Río se ha convertido en una figura imprescindible para comprender la literatura chilena de las últimas décadas.
El National Museum of Women in the Arts institución norteamericana con representaciones en todo el mundo, busca visibilizar a las mujeres en la cultura. Desde tu experiencia, ¿cuáles son las brechas que persisten en el mundo literario y qué transformaciones crees necesarias para disminuirlas?
Creo que en el mundo literario de Chile en particular y me atrevo a decir que en Latinoamérica en general, la brecha principal es todavía –aunque se ha avanzado en este sentido– es la insuficiente formación de género al estamento público y docente, lo cual lleva a que aun la paridad buscada sea una meta para la que falta camino por recorrer. Todavía las mujeres que escriben, las autoras en nuestro país, deben paralelizar su trabajo de escritura con múltiples tareas tanto laborales como domésticas bastante más que los hombres.
El otro gran causante de la brecha que existe en el mundo literario es la dificultad de comprensión lectora y de afición a la lectura que presenta nuestra sociedad. Cada vez más se buscan textos visuales, fácilmente deglutibles en vez de apreciar el mundo que se abre a través de la lectura. Aquí debemos poner atención a cómo es presentada la lectura y el libro en las instituciones de formación escolar y universitaria y a derrocar la idea de “preferir la película al libro” o a buscar “el resumen antes que el texto”.
Has dicho que tu escritura busca “inquietar más que tranquilizar”. ¿Cuáles son tus objetivos como escritora feminista y qué papel juega la literatura en esa incomodidad necesaria?
Mis objetivos como escritora feminista son ver lo que hay debajo de los estamentos, destapar costumbres ya canonizadas que no siempre son justas o que establecen barreras en nuestro camino a lograr la plena humanidad. La literatura es la principal encargada- dentro de las artes- de realizar este destape y esta revisión de muchos procedimientos institucionalizados por años, pero que tienden a una categorización de los humanos y a una discriminación –aún vigente– del género Mujer.
Así, en mi obra distingo 3 temáticas principales:
1. Temática de revisión crítica de la estructura familiar. Muchas de mis novelas y cuentos testifican el minucioso deterioro progresivo de la familia tradicional chilena, de la obsesión por el poder político-económico de los grupos familiares ‘conocidos’ en Chile y su hábito inveterado de tapar las debilidades, las rarezas o lo sórdido debajo de una exterioridad respetable. Es lo que yo llamo “la obsesión por meter cosas debajo de las alfombras en un aquí no pasa nada”.
2. Temática feminista. En mis novelas y cuentos, la mujer tiene un papel preponderante: desde ser la verdadera cabeza de familias exteriormente mandadas por hombres hasta hacer aparecer personajes femeninos que ostentan la rebeldía individual contra un sistema patriarcal en decadencia y establecen lugares inesperados desde donde salvarse de la represión o de la invisibilidad y acercarse a la libertad a la que aspiran y logran a veces por medios no tradicionales.
3. Temática de grupos discriminados y generaciones perdidas. Varias de mis novelas, como por ejemplo, “Óxido de Carmen”, “Tiempo que ladra”, “A tango abierto” dan cuenta de una progresiva disminución y pérdida de los ideales de grupos generacionales que existieron alrededor de los años 60 y 80 en Chile: grupos de jóvenes a los que se preparó para dominar un mundo y –parangonando a Sartre–, para ‘ser realistas y pedir lo imposible’. Sin embargo, esta generación se vio truncada por el brusco acceso al poder de un grupo que había estado replegado hasta entonces: el estamento militar, que, aliado con la clase conservadora, instaló una represión política que afectó al pensamiento, a la acción y, en general, a la personalidad e intereses de las jóvenes generaciones posteriores. Así lo expresan algunos estudios sobre mi obra y traducciones de algunas de ellas, por ejemplo, “Óxido de Carmen”, que ha sido traducida al inglés y al alemán.
El proyecto “Todas Vivas en la Memoria”, del que eres vocera, se inscribe en la tradición de la literatura como acto de resistencia. ¿Cómo entiendes la escritura como herramienta de memoria y reparación cultural?
La escritura es la herramienta por excelencia del rescate del olvido y la reparación de las deudas emocionales de un país que se ha visto sometido –como muchos en el mundo – a un gobierno represivo, autoritario y que ha contraído deudas impagables con la ciudadanía. Se tiende a decir “ha pasado tanto tiempo, para qué siguen en el rencor: olvidemos lo pasado y construyamos el futuro juntos”. Esa invitación es engañosa. No hay futuro construido a dos manos, sin justicia, sin reparación, sin verdad de los hechos. Y es por eso que nuestro colectivo ha tomado sobre sus hombros la magna tarea de levantar y rescatar figuras silenciosas, heroicas y mártires que fueron inmolados durante el proceso de dictadura militar.
“Los siete días de la señora K.” marcó un hito al poner en escena el deseo femenino y el autoplacer en un Chile conservador. Tres décadas después, ¿qué territorios de lo femenino sientes que siguen esperando ser narrados?
Tres territorios de lo femenino aún esperan – a mi modo de ver – esperando ser narrados. a)La sensibilización del sujeto femenino enfrentado a disidencias de género. b) La incursión de las infancias en el delicado mundo de la iniciación sexual. c)La incursión de lo femenino en la universalización de un lenguaje propio sin tener que adaptarse a los modos narrativos tradicionales existentes, en modo de creación de una gramática y una resolución del texto que dé cuenta de nuestro ser mujer, en permanente trabajo de construcción y adaptación para moverse en la historia de modo protagónico y no como acompañante como ha sucedido hasta ahora.
Tu obra dialoga con públicos muy distintos, desde la literatura feminista para adultos hasta los libros infantiles. ¿Cómo vives esa relación con tus lectores y qué te ha enseñado moverte entre esos diversos registros?
Nadie me ha enseñado a moverme entre diversos registros. Están dentro de mí, en lugares muy diferentes de mi ser, que considero un poco bimembre. El lenguaje de los libros para niños es muy diferente al de los libros para adultos. El niño es un lector muy exigente, riguroso y extremadamente lógico. Debo andar con pies de plomo cuando escribo para ellos para no caer ni en disquisiciones moralizantes – nada peor que las moralejas – y para documentar lógicamente cada uno de los movimientos y reacciones de los personajes. Los niños no admiten vaguedades. Escribir para ellos es más difícil que escribir para el mundo adulto. En mi escritura de novelas e historias para el mundo adulto, cambio de mano, de pluma, de cara y me permito, –si es posible decirlo así – ser más libre, más caprichosa, más voluble, más tosca, más brusca. Me permito plantear personajes más impredecibles, acercarme a la locura de la expresión, en suma, estar más cerca de mi lenguaje, el que no existe sino en mi interior, que a veces sale a la superficie e intenta nadar en este difícil océano de modos de contar algo.
Por: Carolina Montesinos


















































