Artista, curadora e investigadora argentina radicada en Los Ángeles desde la década de 1990, Marisa Caichiolo ha construido una trayectoria internacional marcada por el intercambio cultural, la investigación interdisciplinaria y el interés por las transformaciones sociales y políticas que atraviesan la producción artística contemporánea.
Estudió Historia del Arte y Estudios Curatoriales y es doctora en Historia del Arte y Psicología. A lo largo de su carrera ha desarrollado proyectos curatoriales, exposiciones y programas educativos en instituciones de América, Europa y Medio Oriente, entre ellas el MUSA Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, el Centro Cultural Kirchner de Buenos Aires, el Centro de Arte Contemporáneo DOX de Praga, el Patricia and Phillip Frost Museum de Miami, el Museo de Arte Contemporáneo de Sharjah y la Fundación Telefónica en Santiago de Chile.
Su vínculo con Chile se ha fortalecido en los últimos años a través de distintos proyectos y colaboraciones con artistas e instituciones nacionales. Entre ellos destaca su participación como co-curadora del Pabellón de Chile en la Bienal de Venecia, además de su actual trabajo junto al Museo Arte al Límite, donde ejerce como curadora permanente.
En este espacio, ubicado en Panquehue, Región de Valparaíso, ha contribuido a desarrollar una programación que articula arte contemporáneo nacional e internacional, descentralización cultural, educación y territorio.
Caichiolo es además fundadora de Building Bridges Art Exchange, organización internacional sin fines de lucro creada en 2005 y con sede en Los Ángeles, desde donde impulsa plataformas para el pensamiento crítico, la investigación, las residencias y el intercambio artístico.
Actualmente y por los últimos 10 años, es la curadora y creadora del sector de museos e instituciones sin fines de lucro DIVERSEartLA & PB, desarrollado en el marco de las Ferias de Los Ángeles y Palm Beach, Florida, trabajando con numerosas instituciones internacionales. Asimismo, ha formado parte de equipos curatoriales de bienales como las de Casablanca, Sharjah y Las Américas, la Bienal de Cuenca, Ecuador, y participa como jurado y asesora en diversos programas y premios vinculados al arte contemporáneo.
Hoy prepara la inauguración de “Alquimia Textil: acto silencioso y procesos lentos”, quinta exposición del Museo Arte al Límite, que abrirá al público el 5 de septiembre en Panquehue y cuya directora es Ana María Matthei, socia de nuestro capítulo. La muestra reúne a artistas de once países y establece un diálogo entre la colección permanente del museo, creadores contemporáneos y el colectivo de bordadoras de Llay Llay, vinculando arte textil, memoria, territorio, saberes ancestrales y protección de la biodiversidad.
“Alquimia Textil”: ¿Qué fue lo que la llevó a abordar el arte textil desde esta perspectiva curatorial?
La decisión de abordar el arte textil nace de una línea de investigación curatorial sostenida en torno a los nodos conceptuales de la colección permanente del Museo Arte Al Límite. Desde antes de que el museo se inaugurara (mi primer contacto con la colección fue en 2016), he realizado un trabajo de análisis e indagación para leer críticamente las obras y, sobre todo, articularlas con el territorio en el que el museo está enclavado: Panquehue.
Al avanzar en esa lectura, identifiqué una presencia significativa de prácticas textiles contemporáneas nacionales e internacionales, de bordado y tejidos en particular, y las catalogué como obras portadoras de memoria viva. En esa dirección, el tejido aparece como un soporte de narrativas: personales, comunitarias y también nacionales.
Por eso mismo, esta exhibición surge como una necesidad curatorial de conectar la colección con su entorno inmediato y con las comunidades vinculadas al proyecto cultural. Al visualizar la relevancia de artistas textiles en el acervo del museo, consideré pertinente iniciar una lectura y selección tanto de obras como de artistas, sin perder de vista el diálogo entre arte, territorio y memorias locales.
En ese marco, esta exhibición “Alquimia Textil: acto silencioso y procesos lentos” incorpora también voces invitadas: tres artistas de Santiago y un colectivo de bordadoras de Llay Llay para enriquecer el intercambio, fortalecer la conversación entre perspectivas y consolidar un diálogo que sea a la vez íntimo y contemporáneo.
Particularmente, creo que esta especie de ruta curatorial que se inició en el museo cuando se abrieron sus puertas se ve especialmente validada por la visión de la directora y coleccionista Ana María Matthei, quien posee obra textil en la colección desde hace más de 20 años. Su enfoque, que hoy se orienta con mayor fuerza hacia la actualidad del coleccionismo y la vigencia de estas prácticas, ha sido un respaldo fundamental para el desarrollo de esta mirada.
La exposición reúne artistas de distintos países junto a un colectivo de bordadoras de Llay Llay… ¿Cómo se construyó este diálogo entre prácticas artísticas contemporáneas, saberes ancestrales y una comunidad local?
El diálogo que articula las prácticas contemporáneas con los saberes que emergen del territorio es central en la lógica de esta exhibición, especialmente porque se enmarca en una lectura curatorial de arte textil contemporáneo en un espacio que tiene como horizonte la descentralización. En ese contexto, lo que más me interesa es el cruce entre lo ancestral, lo territorial, lo nacional y lo internacional, asumiendo que no se trata de yuxtaponer diferencias, sino de hacerlas conversar desde una misma línea de sentido.
La construcción de este diálogo se sostuvo en una articulación conceptual previa y en una relación directa con el colectivo. Para mí era fundamental que la presencia de las bordadoras de Llay Llay no funcionara como “componente local”, sino como un eje con fuerza propia dentro del relato curatorial. Por eso, el proceso partió de identificar la potencia de su práctica como conocimiento y como postura.
En términos concretos, el vínculo con el colectivo se gestó mediante una invitación personalizada y una conexión personal mediada por tecnología. Desde Los Ángeles, inicié el contacto vía Zoom con María Alejandra, una de las fundadoras junto a su hermana de la Fundación Lewfu y del colectivo de bordadoras de Llay Llay. Este acercamiento permitió establecer desde el inicio una conversación situada: no solo sobre la obra, sino sobre su sentido, su trayectoria y su relación con el entorno. A partir de esta conversación, el colectivo se ha acercado al Museo, incluso a trabajar y hacer sus ruedas de bordados.
Lo que resultó especialmente valioso fue la manera en que la fundación y el colectivo conceptualizan su trabajo desde el territorio. Su enfoque es muy certero: articulan una mirada de denuncia vinculada a la biodiversidad del territorio, transformando el tejido y el bordado en una forma de pensamiento crítico y de memoria ambiental. En esa línea, el bordado funciona como lenguaje contemporáneo, capaz de incidir y de interpelar al presente.
Por eso, la inclusión del colectivo en la exhibición fue planteada como un acto de potencia cultural y ética. Que su propuesta se integrara a un diálogo con artistas de distintos países, sin diluir su especificidad, es para mí un gesto fundamental, porque amplía la lectura del textil como práctica viva, contemporánea y situada. La posibilidad de que este encuentro con el público se produzca de manera directa me parece particularmente potente. Hay una dimensión emocional y humana en todo el proceso, pero sobre todo una convicción: cuando el arte textil se mira desde su raíz territorial, el diálogo con lo contemporáneo deja de ser abstracto y se vuelve profundamente significativo.
El título de la muestra habla de “actos silenciosos y procesos lentos”. ¿Qué lugar ocupan el tiempo y la pausa en las prácticas artísticas que aborda la exposición?
El tiempo y la pausa ocupan un lugar estructural en Alquimia Textil, tanto a nivel conceptual como vivencial. No se trata solo de un tema representado en las obras, sino de una experiencia que se construye en el modo de recorrer el museo y de aproximarse al arte textil como práctica.
En primer lugar, el propio emplazamiento del Museo Arte Al Límite en el valle del Aconcagua funciona como marco conceptual. Cuando el visitante llega, se encuentra con una pausa que opera en doble dimensión: Pausa del ruido (del entorno, del ritmo cotidiano), pausa del ruido visual (una reducción de estímulos que permite mirar de otra manera).
Este encuentro inicial prepara la disposición del público hacia un gesto más íntimo: volver al ritmo del hacer. En una época atravesada por la aceleración tecnológica, estas prácticas, tejido y bordado, entre otras, aparecen como una forma de insistencia ética: invitan a pausar, respirar, reconectar con la naturaleza y con nosotros mismos. Es decir, lo “lento” no es una estética aislada, sino una respuesta humana frente a la urgencia contemporánea.
Los procesos ancestrales que trabaja la curaduría constituyen una pedagogía de la atención. Cuando una persona se enfrenta al tejido y al bordado, se activa un modo de percepción que involucra sentidos, memoria corporal y escucha interna. El tiempo prolongado en el trabajo sostiene una conexión con lo esencial: con el momento de silencio, con la concentración, con la relación íntima entre manos, materia y conciencia.
En ese sentido, los actos silenciosos y los procesos lentos se vuelven una invitación a repensarnos. Repensar el hacer cotidiano, nuestra relación con la materia y, por extensión, nuestra relación con la naturaleza. Alquimia Textil propone que la lentitud no implica ausencia de intensidad; al contrario, concentra y complejiza la experiencia.
Además, dialoga con un conjunto de artistas y colectivos que se centran en el ritual del trabajo como pausa. Su práctica nos “exige” una segunda mirada: una mirada que se detiene, que se queda, que aprende a leer lo que normalmente pasa desapercibido por el ritmo acelerado del presente.
Existe una dimensión sanadora en estos rituales. Se perciben como círculos que acompañan, que ordenan internamente y que invitan a la reflexión. Y, muy importante, aunque se asocie a lo femenino como imaginario cultural, en esta tradición participan también muchos artistas hombres, lo que permite comprender la práctica como un territorio cultural amplio, vivo y compartido, más allá de categorías rígidas.
El Museo Arte al Límite ha desarrollado su proyecto desde Panquehue, articulando arte contemporáneo nacional e internacional, educación, territorio y descentralización cultural. ¿Qué posibilidades abre trabajar desde un espacio como este para la curaduría contemporánea?
Trabajar desde un espacio como Museo Arte al Límite abre varias posibilidades clave para la curaduría contemporánea, más allá de seleccionar obras y pensarla como una práctica situada y relacional. A mí me quedan abiertas muchas posiblilidades:
-La Curaduría como experiencia y proceso (no solo como exhibición), permite diseñar recorridos, tiempos de contemplación y modos de participación distintos. Se vuelve posible integrar el arte como práctica de vínculo y transformación (por ejemplo, sanación, acompañamiento, cuidado).
-La Curaduría territorial: el territorio como co-autor. El contexto deja de ser fondo (background) y pasa a ser un elemento curatorial activo: historia local, paisaje, memoria, conflictos, economías, comunidades. Se habilitan formatos donde la obra conversa con el lugar y con su materialidad (ruta, sitio específico, activaciones).
-La Articulación descentralizada: cambiar el centro de gravedad. Al salir de los circuitos tradicionales, la curaduría puede atender otras agendas, otros públicos y otros modos de acceso.Se fortalece una cultura más plural: nuevas genealogías del arte, circuitos no metropolitanos y redes entre regiones.
-La Educación expandida y el aprendizaje situado, el museo tiene visitas constantes de todas las escuelas de la región. De ese modo, la mediación no queda como un programa anexo, sino que puede convertirse en parte de la propuesta curatorial. Se abren posibilidades pedagógicas participativas basadas en talleres, laboratorios, experiencias colectivas y trabajo con comunidades.
Creo que el museo, a mí particularmente, me da una mayor relevancia para la práctica artística y curatorial actual.
Espacios como este habilitan que artistas conecten con procesos contemporáneos: trabajo colectivo, investigación, performance, activación, arte-territorio. También permiten que las propuestas se ajusten a condiciones reales (clima, comunidad, accesibilidad), generando curadurías más flexibles.
Para cerrar la respuesta, yo creo que, desde mi experiencia en este y otros proyectos desde la descentralización, este tipo de espacios permite que la curaduría se piense como ecosistema: una red entre artistas, comunidad, educación, territorio y mediación y no como un montaje cerrado.
Has desarrollado una extensa trayectoria en proyectos de intercambio cultural internacional. ¿Has realizado proyectos solamente con mujeres, como lo hace nuestra institución, y qué valor encuentras en fomentar el arte femenino?
Sí, en mi caso no he trabajado únicamente con mujeres, porque en los intercambios internacionales siempre hay que considerar redes, instituciones aliadas y objetivos curatoriales puntuales. Pero desde el inicio de mi trayectoria (más de 20 años), he dado un apoyo sostenido y prioritario a colectivos y artistas mujeres, impulsando proyectos donde el centro es su mirada, su producción y sus condiciones de trabajo.
Proyectos con foco en arte femenino (es un poco mi enfoque principal).
He desarrollado curadurías y producción para intercambios, exhibiciones y festivales itinerantes, procurando que las artistas mujeres no sean solo parte del programa, sino el eje conceptual.
He trabajado incluso en el diseño de residencias para artistas/madres con sus hijos, porque hay un tema clave de análisis: qué ocurre con las artistas en edad de maternar y cómo se condiciona su continuidad creativa. Especialmente desde el momento en que me convertí en madre hace 23 años, donde viví en carne propia los cambios dentro de las posibilidades de mi propia práctica.
Creo que a lo largo de estos años, las mujeres han sido precursoras de cambiar paradigmas dentro del ecosistema del arte.
Para mí es fundamental un foco real (no simbólico) que permita dar voz y voto al colectivo, entendiendo esta práctica como social y política.
También veo un crecimiento concreto: más presencia de artistas mujeres en colecciones y bienales, y un aumento de coleccionistas mujeres que están reconfigurando la manera de mirar y valorar estas obras.
Ejemplos concretos de algunas de mis curadurías:
“ELLA EN FOCO” (Museo Arte Al Límite) 2026: la mirada conceptual situó a las mujeres en el centro del ecosistema artístico. Invitación a tres destacadas coleccionistas chilenas para generar un diálogo entre obras de mujeres fotógrafas de la colección permanente del museo y obras de las coleccionistas invitadas.
“Memory is a Verb: Exploring Time and Transience” (Museo de Oceanside, California), 2023: propuesta con un grupo de mujeres artistas basada en la práctica fotográfica.
“All Women are dangerous” I, II and III. 2016-2021Edition (Fundación Building Bridges): tuvo gran éxito y visibilidad en Los Ángeles.
Entre varias más.
Desde tu experiencia internacional, ¿qué rol consideras que cumple una organización como NMWA-Chile en la visibilización y circulación de las mujeres creadoras?
Creo que organizaciones como NMWA-Chile cumplen un rol esencial.
Permiten que el largo recorrido de las mujeres dentro y fuera del ecosistema del arte no se diluya, sino que mantenga fuerza y continuidad. Generando actualmente espacios de visibilización que sostienen el avance de las creadoras en el tiempo, y también en nuevos contextos.
También cumplen un rol de articulación y formación de comunidad. Es imprescindible contar con instancias como la de ustedes que inspiren y apoyen distintas dinámicas. Al poner a la mujer en el centro de la escena artística y del encuentro comunitario, contribuyen directamente a ampliar miradas, redes y oportunidades de circulación.


















































