Ventana de Socios: Karen Lüderitz

La artista visual y socia de NMWA Chile Karen Lüderitz fue seleccionada para integrar la XIII Bienal Internacional de Artes de Valparaíso 2026 con su obra “Valle del Paraíso”. Este reconocimiento se suma a un año de gran actividad en donde también presentó su exposición individual “Naturaleza. La infinita belleza de la eterna tejedora” en Galería Patricia Ready durante junio.

Diseñadora industrial y artista visual formada en la Pontificia Universidad Católica de Chile, Karen Lüderitz Gillmore ha desarrollado una práctica que cruza la investigación visual, la experimentación material y la reflexión sobre nuestra relación con el entorno. Su formación en grabado en el Taller 99 y sus estudios en la Washington Studio School, en Estados Unidos, han contribuido a una trayectoria que se ha proyectado en Chile, Europa y Norteamérica.

Su exposición en la Sala Ginkgo de Galería Patricia Ready propuso una experiencia inmersiva en torno a las conexiones entre lo microscópico y lo cósmico. Inspirada en las formas de los líquenes, las nubes y las galaxias, la artista construyó un ecosistema visual mediante instalaciones murales de gran formato, papeles troquelados y obras intervenidas con tintas, acuarela y óleo. 

Esta dimensión colectiva de su trabajo también se expresa en su participación en Documenta 15, en Kassel, Alemania, en 2022, junto al colectivo Zukunftsdorf22, con una propuesta socioecológica vinculada a la reforestación del humedal de Tunquén. Su trayectoria incluye, además, residencias de investigación artística en Chile, Inglaterra y Alemania, así como obras presentes en colecciones públicas y privadas.

Su obra “Valle del Paraíso” formará parte de la selección de 100 propuestas de la XIII Bienal Internacional de Artes de Valparaíso, elegidas entre cerca de 600 postulaciones. Bajo el eje curatorial “El Derecho a la Ciudad: Poéticas contemporáneas para habitar lo común”, la artista aborda las estructuras, las líneas y las repeticiones como metáforas de las relaciones humanas. El espacio compartido aparece así como un lugar de pertenencia, encuentro y convivencia.

Ambas propuestas revelan una preocupación transversal en su práctica: comprender las relaciones que conectan a los seres vivos, las comunidades y los espacios que habitamos. Desde NMWA Chile, celebramos estos importantes hitos en la trayectoria de nuestra socia, que contribuyen a visibilizar el aporte de las mujeres a las artes visuales contemporáneas.

 

En tu exposición “Naturaleza. La infinita belleza de la eterna tejedora”, presentada en Galería Patricia Ready, exploraste las conexiones entre los líquenes, las galaxias y los patrones que atraviesan los sistemas naturales. ¿Cómo surgió esta investigación y de qué manera el cruce entre arte, ciencia y pensamiento contemporáneo ha influido en tu proceso creativo?

La experimentación de la naturaleza es lo que me ha llevado a trabajar desde la obra artística a un arte con sentido, un cruce entre arte y ciencia.

Ha cambiado nuestra comprensión de la Tierra y nuestro lugar en ella. Los humanos somos solo una pequeña parte del ecosistema.

Desde una pequeña forma de vida adherida a una roca hasta los continentes, las nubes, las galaxias, hay una historia de creación, destrucción y transformación y el ritmo y la danza entre ellas.

La relación con la naturaleza deja de ser una cuestión moral —regida por deberes— para devenir una cuestión estética en el sentido más profundo: una forma de percepción, de sensibilidad, de vínculo.

Es aquí donde los líquenes adquieren una dimensión que excede lo biológico para volverse profundamente simbólica. Su formación —la simbiosis entre un hongo y un alga o cianobacteria— constituye uno de los ejemplos más radicales de cooperación en la naturaleza. La vida no evoluciona únicamente por competencia, sino por alianzas. Los líquenes no son un organismo, sino una asociación virtuosa, una unidad que emerge de la relación.

Pero esta lógica no es solo biológica: es también geológica, temporal, cósmica. Un liquen crece milímetros al año. Su expansión es casi imperceptible, una acumulación lenta que registra el paso del tiempo como pocos organismos en la Tierra. Pensar entonces en una superficie completamente colonizada —una extensión que se despliega en decenas de metros— implica una operación de escala radical: lo que vemos condensado en el espacio es, en realidad, la expresión de millones de años, la vida humana y la vida de la tierra.

La pared se transforma así en una superficie temporal. No es solo una acumulación de formas, sino una compresión de la historia de la Tierra. Cada fragmento, cada trazo, cada variación de color remite a procesos de sedimentación, a capas geológicas, a ciclos de crecimiento que exceden completamente la escala humana.

El color mismo deja de ser un elemento arbitrario. En los líquenes, como en muchos procesos naturales, el color es resultado de condiciones específicas: humedad, luz, composición química, tiempo. Aparece por capas, como una inscripción material de relaciones invisibles. En este sentido, la forma no responde a un diseño previo, sino a un patrón de funcionamiento: el de la naturaleza como sistema.

Sin embargo, lo que vuelve urgente esta comprensión no es solo su validez científica, sino su dimensión ética y política. Vivimos un momento en que la “infinita vitalidad de la naturaleza” —como la pensaba Johann Wolfgang von Goethe— se encuentra bajo una presión sin precedentes. En este contexto, la figura del espectador se transforma: ya no es un observador distante, sino un sujeto implicado. De algún modo, todos somos hoy, inevitablemente, activistas.

Pero esta activación no pasa únicamente por la acción directa, sino por una transformación más profunda: la de nuestra sensibilidad. Si la modernidad separó al sujeto de su entorno, si la racionalidad instrumental redujo la naturaleza a recurso, el desafío contemporáneo consiste en reconfigurar esa relación desde la experiencia, desde la percepción, desde la emoción y las afecciones.

La obra, entonces, no se limita a representar los líquenes. Opera como un dispositivo que hace visible su lógica: crecimiento lento, cooperación, interdependencia, inscripción del tiempo. Y al hacerlo, nos enfrenta a una escala que desborda nuestra medida, obligándonos a reconsiderar nuestra posición en el mundo.

Entre lo microscópico y lo cósmico, entre lo inmediato y lo geológico, emerge una pregunta que no es solo teórica, sino existencial: ¿cómo habitar un mundo del cual ya sabemos que somos parte, pero cuya temporalidad y complejidad exceden completamente nuestra experiencia cotidiana?

 

La XIII Bienal Internacional de Artes de Valparaíso se articula en torno al derecho a habitar y construir espacios comunes. ¿Qué posibilidades ofrece el arte para reflexionar sobre nuestra relación con el entorno y las comunidades de las que formamos parte?

El arte ofrece múltiples posibilidades para transformar nuestra percepción del entorno y las comunidades de las que formamos parte, actuando como un espejo crítico, un espacio de encuentro y una herramienta de cambio social. A través de diferentes disciplinas, podemos cuestionar cómo habitamos el mundo y cómo nos vinculamos con los demás.

El arte nos conecta con nuestras historias compartidas, no solo a través de un lugar, una ciudad, la tierra y la geografía, sino a través de emociones moldeadas por eventos y encuentros. Estos son los pulsos vitales, los ritmos de la vida.

Hacer visible lo que normalmente es invisible a través del arte, nos conecta con la fragilidad, con la vitalidad, con el ritmo y el pulso de la ciudad, con lo micro y con lo macro y con ese sentimiento de ser parte, para hacer visible ese sentimiento de ser parte de.

Somos habitantes de un lugar en el universo y un lugar en el planeta.

 

Tu obra Valle del Paraíso, seleccionada para la Bienal de Valparaíso 2026, aborda el sentido de pertenencia y las relaciones que construyen los espacios compartidos. ¿Qué conexiones encuentras entre esta propuesta y tu investigación sobre los sistemas naturales?

Pienso en los colores, como música, como notas musicales, como un lenguaje.

Como una red, Crecen como estructuras. Si las observamos más de cerca, veremos que el macrocosmos de la forma general contiene un microcosmos de estructuras finas. Degradados de color y condensaciones de color, tramados realizados con tintas se combinan para crear un diseño abstracto que al mismo tiempo inspira la imaginación.

El elemento más pequeño son líneas, innumerables líneas. En su repetición aparentemente interminable, se condensan en formaciones individuales que se fusionan para formar una estructura general. Esta estructura general recuerda a los fractales en su estructura. Se refiere a un patrón geométrico que tiene un alto grado de autosimilitud, copias más pequeñas de sí misma. Las copias no tienen por qué ser idénticas; la geometría fractal también se puede aplicar a elementos naturales como árboles o costas. Esta analogía explica la extraña familiaridad que emana de estas obras: la estética inherente a ellas la conocemos los humanos desde tiempos inmemoriales y determina la estructura del mundo que nos rodea.

Con las obras, exploro las conexiones detrás de todas las cosas. Sin llegar a ser representacional en el sentido de la pintura realista, abordo las estructuras fundamentales que se repiten constantemente, tanto en pequeña como en gran escala.

La construcción de una ciudad como una red de entramados, no solo arquitectónica, sino como planos de relaciones humanas donde hay espacio para la vida, la convivencia, la seguridad, el sentirse parte y acogido; la ciudad es una alianza virtuosa donde un grupo de humanos y otros humanos se congregan para sentirse parte. Construida y cuidada por todos, ofrece refugio y cobijo para permitir que la comunidad pueda desarrollarse en plenitud.