La mezzosoprano chilena María Luisa Merino, ganadora de la segunda edición del concurso “Mujeres en la Música” de NMWA Chile, protagonizó recientemente la ópera “Carmen”, de Georges Bizet, en el Teatro Municipal de Santiago. Un hito que marca una nueva etapa en su carrera y permite reconocer el talento y la proyección internacional de las intérpretes chilenas.
Con una trayectoria desarrollada entre Chile y Argentina, María Luisa ha construido un repertorio que abarca desde la ópera hasta la música sinfónico-coral. Su paso por el Teatro Colón de Buenos Aires, donde ha participado en diversas producciones líricas, ha sido parte fundamental de su desarrollo artístico, permitiéndole abordar personajes y obras de distintas épocas y estilos.
Su interpretación de “Carmen” en el Teatro Municipal representó un momento significativo: por primera vez asumió un rol protagónico en este escenario. Bajo la dirección musical de José Miguel Pérez-Sierra y la dirección escénica de Rodrigo Navarrete, la cantante recibió elogios de la crítica por su musicalidad, su dominio de la fonética francesa y su presencia escénica.
Su recorrido invita a reflexionar sobre los desafíos de la formación, la perseverancia y el desarrollo de una carrera lírica, así como sobre la importancia de generar oportunidades para que nuevas generaciones de mujeres puedan proyectar su talento en escenarios nacionales e internacionales.
Desde NMWA Chile, celebramos este nuevo hito en la trayectoria de María Luisa Merino y la continuidad de un camino artístico que contribuye a visibilizar el aporte de las mujeres a la música.
Interpretar a Carmen implica abordar un personaje de gran complejidad musical, dramática y psicológica. ¿Cómo construiste tu propia versión de ella y qué aspectos de su personalidad te interesó destacar en esta producción?
Yo me baso mucho en el texto, en los diálogos que tiene Carmen y en la relación de ella con los personajes, sobre todo con don José, que para mí es como el centro de mi personaje.
También lo que me pasó en esta versión de “Carmen”, en comparación con la del Teatro Colón, que fue en 2024, es que en esta tuve tiempo para prepararla. La del Colón me la dieron con muy poco tiempo de anticipación, entonces no pude trabajarla como me habría gustado. Yo soy una persona muy autocrítica y había visto en la del Colón que había cosas de mi interpretación que no me cerraban, como la forma de canalizar la energía física. No estaba conforme con mi centro energético, con las caminatas que tenía Carmen ni con las miradas. Era más que nada un tema físico.
Vocalmente, también había partes en las que pensaba que debería haber puesto más volumen. De repente, soy muy respetuosa de las dinámicas que indica la partitura y no interpreté que había una orquesta que tenía que atravesar en distintas partes. Entonces, acá reinterpreté esas partes, tanto vocal como físicamente.
También fue interesante explorar qué partes de mi personalidad están en Carmen y cuál es la base desde la que parto. Soy una mujer con mucho carácter y tengo un sentido de libertad y de justicia que me trae buenos resultados y también malos resultados. Pero hay un fuego interno que tenía que aprovechar y trasladar de mí hacia Carmen. Eso fue lo que le aporté.
Como te decía, en esta versión tuve más tiempo de preparación. También soy una persona que se graba y se mira mucho, entonces iba viendo qué funcionaba y qué no. Me ayudó mucho en el aspecto vocal que ahora soy fonoaudióloga y, además, hice un diplomado en vocología. Tengo más herramientas y ejercicios para modificar ciertas partes del registro según las exigencias de la partitura, algo que antes no tenía.
La crítica destacó tu musicalidad, tu dominio de la fonética francesa y tu presencia escénica en el Teatro Municipal de Santiago. ¿Cómo preparas la integración entre las exigencias vocales y la construcción dramática de un personaje?
Para crear este personaje en esta versión, contraté a una coach actoral, Camila Torres, que es bailarina y actriz y que había trabajado como actriz en la versión del Colón. Estuve trabajando con ella desde marzo hasta agosto. Exploramos la caminata, la parte física y quién era Carmen desde lo corporal. También me ayudó mucho con cosas que parecen tontas, pero que, cuando alguien te las señala, de repente dices: «¡Guau!».
Trabajamos en pensar de dónde viene Carmen en cada escena, adónde va, qué le está pasando y qué está pensando psicológicamente. Eso se traduce en un tema corporal y realmente vi el avance desde la versión del Colón hasta esta, tanto en ese aspecto como en el vocal.
También está el tema de adquirir experiencia sobre el escenario. Para mí, la Carmen del Colón me sirvió mucho para poder hacer una mejor Carmen ahora, porque uno como intérprete adquiere experiencia en el escenario. No es lo mismo saberse el rol porque lo cantaste en el aula de clases o porque lo practicas en tu repertorio con un maestro, que haberlo transitado. Haber interpretado Carmen anteriormente me sirvió mucho para madurarla. La importancia de darles oportunidades a los nuevos talentos para subirse al escenario y hacer carrera es vital para mí.
Has contado que tu relación con Carmen cambió con el tiempo y que volver a interpretar esta ópera implicó resignificar una experiencia personal. ¿Qué aprendiste de ese proceso y cómo influyó en tu manera de vivir este regreso al personaje?
Ha sido importante la resignificación de este personaje en mi vida emocional. Esta Carmen del Municipal está ligada a episodios emocionales de mi familia. Me acuerdo de haber llegado el primer día de ensayo al Teatro Municipal, venir caminando, ver el teatro y preguntarme si mi papá o mi abuela se habrían imaginado que yo iba a terminar cantando Carmen ahí.
Tiene mucho que ver con poder cantarla en mi país y haberla disfrutado, porque de verdad fue la primera vez que la disfruté. Fue una experiencia fuerte y catártica haber podido desligarla de ese momento trágico.
No solamente coincide con la muerte de mi papá. Hay algo que no había contado, pero que tuve que trabajar en terapia: el día que a mi papá le dio el accidente cerebrovascular, yo estaba ensayando Carmen en mi pieza. Era el día de mi cumpleaños; todavía me acuerdo. Estaba esperando que llegara la gente a mi casa y practicando Carmen cuando subió mi mamá y me dijo que mi papá no podía hablar. Terminamos ese día en la clínica y ahí empezó la pesadilla de lo que le pasó a mi papá.
Siempre tuve ligada esta ópera a un momento oscuro, del que pude empezar a desprenderme cuando la hice en el Colón. Este año dije: Bueno, la voy a disfrutar y la voy a profesionalizar. Y profesionalizarla significaba revisar lo que había hecho en el Colón, rearmarlo, decir qué funcionó, qué no funcionó, con qué me quedaba y qué tenía que cambiar.
Ha sido muy emocionante porque también he podido ver a mi familia y a mucha gente que empezó conmigo cantando en el coro del colegio y que vino a verla. Ha sido muy lindo y esta Carmen ha tenido mucho significado emocional para mí.
La carrera lírica exige una preparación constante y supone desafíos que van más allá del escenario. ¿Qué aprendizajes han sido decisivos en tu recorrido profesional y qué estrategias te han permitido afrontar los momentos de mayor incertidumbre?
Es una carrera difícil. En mi época, el desafío partía por el autoexilio. No existían fundaciones ni apoyos para los cantantes como los que existen hoy. Siento que mi generación es una generación bisagra, porque más que nada tuvimos que armarnos solos.
Acá en Sudamérica, por lo menos, el tema de los agentes tampoco funciona mucho. La mayoría de los cantantes que trabajamos en Sudamérica no tenemos agentes; es algo que funciona más en Estados Unidos y Europa. Cuesta mucho más tener oportunidades y que confíen en ti.
En mi caso, siento que estoy en una evaluación constante y que tengo que ganarme la confianza de los directores y de los teatros. En Argentina siento que tengo un espacio ganado y un respeto adquirido después de los años que llevo allá. Pase lo que pase, sigo teniendo oportunidades en escenarios como el Teatro Colón, la Sinfónica Nacional o el Teatro Argentino de La Plata, porque existe una confianza en mi trabajo.
El año pasado me enfermé y tuve que suspender funciones por primera vez. Para mí fue un episodio absolutamente terrible, porque coincidió con el que era mi sueño en la ópera, uno de los roles que más deseaba interpretar: Charlotte, en “Werther”. Fue muy duro enfermarme y tener que suspender.
Es un constante tropezarse, volver a pararse, reconstruirse y recuperar la confianza. La gente puede preguntarse qué pasó, si estabas enferma, si se te fue la voz. Una tiene que volver a demostrar que puede hacerlo, y eso es agotador. Lo que te mantiene en pie es la pasión y el amor por lo que haces.
Creo que hay que tener una personalidad de cantante, una cierta frialdad, saber manejar muy bien las emociones, porque estas cosas pasan. Es una carrera que por momentos es muy injusta y, por otros, te da cosas que te hacen pensar: Por Dios, qué bendición poder estar acá, hacer esto y que me elijan para este papel. Es un tira y afloja, una carrera que da y quita, y hay que estar muy bien preparado psicológicamente.
Lo de “Werther” me derrumbó. Estuve meses llorando, en posición fetal, no días. Fue una de las experiencias más fuertes y lo peor que me pudo haber pasado en la carrera: sentir que la voz no te responde, que estás en el escenario, la orquesta sigue tocando y hay tres mil personas mirándote, y tú no puedes hacer nada. No puedes usar playback, como los cantantes populares, ni cambiar la octava porque no estás en un ensayo, estás en una función.
¿Cómo te recuperas de ese trauma? Con terapia y, más que nada, con el apoyo de tus compañeros. Claramente, te quedas en blanco. Para mí, esta Carmen también significó superar ese trauma, decirme que iba a poder hacerlo, que no me iba a pasar lo mismo, que esta vez no estaba enferma.
A veces la gente sueña que está desnuda en el escenario. Bueno, eso fue lo que me pasó a mí. Después del estreno de “Carmen” lloré porque sentí que también había superado eso. Ha sido una resignificación en ese aspecto.
Me interesa contar esa experiencia como un mensaje para las chicas que están empezando, y porque se viene el concurso. Siento que nos exigimos muchísimo estar siempre impecables, perfectas, con una voz maravillosa. Entre colegas nos juzgamos todo el tiempo y, obviamente, también está la exigencia del público y del teatro.
Cuando me pasó a mí, me habría gustado sentir que era algo más normal. Después, mucha gente me decía por detrás: “Es re normal, a mí también me pasó”. Pero nadie lo hacía visible, porque es medio tabú, como si fuera un fracaso gigante. Y a mí me gustaría que esas cosas dejaran de ser tabú.
Independiente de la experiencia que tenga, de todos los cuidados que tomo para no enfermarme, me enfermé. Muchas veces canté enferma y no se notó, pero hay ocasiones en que, por las exigencias del rol o porque una gripe es más fuerte, simplemente no se puede. Y está bien. No hay que sentirse un fracaso ni pensar que le fallaste a todo el mundo.
Yo misma me di cuenta de que era algo normal después de procesarlo durante mucho tiempo, después de sentir que había fracasado, que no servía para esto. Me llamaba la atención que todo el mundo me dijera, en voz baja: “Shhh, que no se entere nadie”. ¿Por qué no hablarlo? Es normal que estas cosas ocurran.
Como ganadora de la segunda edición de “Mujeres en la Música” de NMWA Chile, ¿qué importancia tienen los concursos y las plataformas de visibilización para el desarrollo de las cantantes? ¿Qué oportunidades te gustaría que encontraran las nuevas generaciones de intérpretes chilenas?
Hoy existen plataformas y más posibilidades de difusión, lo que hace que un concurso en Chile pueda tener repercusión en otros países. También hay más apoyo a las nuevas generaciones, algo que insisto en que yo no viví. Los que tenemos cuarenta y tantos años pertenecemos a una generación bisagra. No tuvimos las oportunidades que tienen los jóvenes de ahora, por eso siempre les digo que aprovechen estas plataformas.
Pero ocurre algo curioso con los cantantes líricos: hay una especie de apología a la juventud. Todas las oportunidades y los concursos parecen estar dirigidos a la gente joven. La experiencia también debería ser un factor importante a considerar.
En Chile hay una generación entera que no tuvo las oportunidades que tienen las generaciones jóvenes y que está bastante invisibilizada. Esto no ocurre de la misma manera con los directores de orquesta, los instrumentistas o los actores. Ocurre con los cantantes líricos: mientras más joven eres, más valor pareces tener.
Creo que deberíamos empezar a hablar de esto. Si en otras profesiones se dice que la edad es solo un número, ¿por qué en el canto lírico deja de serlo y se transforma en algo trascendental? Hay que tener menos de 32 años si eres mujer y menos de 35 si eres hombre para optar a determinadas oportunidades.
Es un ámbito con muy pocas posibilidades. Se valoran mucho las oportunidades que se entregan, pero también podrían extenderse a las personas que no tuvieron las posibilidades que tienen las nuevas generaciones.
Me gustaría que las nuevas generaciones no tuvieran que correr con el reloj biológico con el que hemos tenido que correr nosotros. Es algo que afecta a hombres y mujeres, pero siento que a las mujeres se las castiga más. Existe la idea de que, si no hiciste algo importante antes de los 30 años, ya fuiste.
¿Por qué? Estamos en un país donde no hay muchas oportunidades. Se les cierran las puertas a las personas que no lograron algo importante antes de los 30. Creo que eso tiene que cambiar y que debemos quitar un poco la presión de la edad.
Entrevista por: Carolina Montesinos Eissmann
Fotografía de: Marcela Reyes para Teatro Municipal de Chile























































