Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Elena Irarrázabal forma parte del equipo del suplemento Artes y Letras de El Mercurio desde 1994, donde asumió como subeditora en 2007. Fue corresponsal de El Mercurio en Londres. Actualmente, es profesora universitaria en comunicación y estética, e integrante del comité editorial del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES). Como columnista y autora de reportajes, ha abordado temas de historia, literatura, arte y sociología con una mirada crítica y argumentada.

Reconocida con la mención honorífica del premio GDA en 2020, ha coeditado publicaciones de contenido cultural y patrimonial. En sus columnas en la página editorial de El Mercurio, destaca por un estilo preciso e irónico, con el que examina las tensiones del campo cultural chileno, promoviendo el pensamiento riguroso frente a discursos vacíos o superficiales. Su trabajo articula reflexión intelectual, oficio periodístico y compromiso con la calidad del debate público.

  1. Desde su experiencia como subeditora de Artes y Letras, ¿cómo ha cambiado el perfil del lector de cultura en Chile durante los últimos años?

El perfil del lector o “usuario” interesado en cultura ha cambiado, sin duda. Entre las novedades, diría que ha surgido un segmento de jóvenes y adultos jóvenes —que no es mayoritario, pero sí configura una cantidad apreciable —,  con interés en el arte, exposiciones, talleres de lectura, música y otras expresiones de la cultura, que suele informarse por redes sociales y o en el mundo digital. Para llegar a ellos —pues hay otros públicos más tradicionales—, hemos tenido que reforzar la presencia de nuestros contenidos en redes y en las plataformas online, es un desafío que persiste. Estos cambios también implican subrayar y reforzar las ventajas comparativas  de la prensa escrita y de un suplemento especializado en cultura. Entre ellas, la posibilidad de  entregar al lector una contextualización de las noticias y un análisis serio y amigable de las tendencias culturales, con  fuentes variadas, datos fundamentados y críticas que orienten a los interesados.  Ese es nuestro plus, ayudar al lector a separar la “paja del trigo”. En la esfera digital abundan opiniones sin mucho fundamento o una híper-información desordenada, que al final informa poco.  

  1. Usted ha abordado con agudeza la figura del “chanta cultural”. ¿Qué responsabilidad le cabe a los medios en la reproducción o visibilización de este tipo de personajes dentro del sistema cultural?

Creo que chantas hay en todos lados, pero en mi columna aludí a un “subgénero” que bauticé como el chanta cultural.  Lo hice con humor, pero también como una alerta ante experiencias que se repiten cada vez más. Entre ellas, el abuso del término “cultural” como adjetivo de cualquier cosa, lo que genera confusión, pues cuando todo es cultura, nada es cultura. También el uso de una jerga críptica o alambicada, que atemoriza y distancia al público general. Ese lenguaje, que parece muy sofisticado, muchas veces esconde ignorancia, falta de trabajo o de contenidos serios, lugares comunes, reiteración de ideas políticamente correctas y un largo etcétera. Y alienta la idea de que hay un grupo de “elegidos”, que se supone entienden lo que otros no son capaces y, por tanto, pueden opinar por el resto.  

  1. En un contexto de transformación digital, ¿cómo se equilibra la profundidad analítica con los formatos más breves y veloces que exigen las plataformas actuales?

Hoy las personas leen menos y están sometidas a muchos estímulos. Es clave usar un lenguaje claro y debemos esforzarnos por llegar a los usuarios con contenidos más sintéticos, sobre todo en la esfera digital y redes sociales. Aquilatar el valor de la imagen también es relevante. Una visualidad atractiva es fundamental  para atraer al lector o usuario.  Pero aún, en textos más cortos, con un espacio importante para imágenes, entregar información de calidad y un buen análisis debe seguir siendo nuestro principal objetivo. En este sentido, si bien hoy los medios viven dificultades y  un cambio de modelo desafiante, es interesante notar que varias noticias y temas culturales relevantes, como el fructífero debate el año pasado sobre el rol de nuestro Museo Nacional de Bellas Artes, se originan en la prensa escrita.

  1. Como columnista de opinión, ¿cuáles son los límites que establece entre la crítica cultural y el comentario ideológico?

Hay límites, pero no son obvios, sino difusos y complejos. La cultura tiene una parte política, pero diría que el desafío de la prensa cultural en transmitir contenidos que no repliquen una determinada mirada que busca un tipo específico de sociedad  —que muchas veces es una utopía—, sino que le permitan al lector o usuario sopesar distintas perspectivas sobre noticias o tendencias culturales.  También hay que distinguir géneros. Es diferente una columna de opinión a un reportaje o una crítica literaria. 

 

  1. A lo largo de su carrera ha combinado el periodismo con la docencia y la investigación. ¿De qué manera estas tres dimensiones se nutren entre sí en su quehacer profesional?

Yo partí mi carrera trabajando como investigadora y profesora en la Universidad Católica. Fue una etapa muy interesante. Después trabajé en Londres como corresponsal  y me integré a El Mercurio al retornar a Chile. Pero siempre he tratado de combinar el trabajo profesional con la docencia. Enseñar es muy enriquecedor, hay que estudiar siempre, estar al día en las últimas tendencias y en el avance del conocimiento. A su vez, es vivificante  la interacción con los jóvenes, conocer sus inquietudes, también estar en contacto con otros profesores. Hoy realizo un curso para estudiantes de periodismo, publicidad y comunicación audiovisual, que implica un recorrido por la historia de la cultura —en especial por los cambios en la noción de belleza— para así poder comunicar mejor los contenidos culturales. Acabamos de visitar la exposición de Monvoisin en el MNBA, es una de las experiencias que más agradecen los alumnos, muchos no han pisado nunca un museo.    

  1. ¿En qué cree que contribuyen  instituciones como el Capítulo Chileno del NMWA al quehacer cultural de nuestro país?

En los últimos años, me ha tocado ver cómo han emergido nombres de grandes creadoras, olvidadas por la historia. El aporte de NMWA y de otras instituciones ha sido crucial para visibilizar a estas artistas y también a destacadas gestoras culturales. Por ejemplo, Henriette Petit fue una pintora chilena estupenda, que solo ahora está siendo aquilatada en su real valor. También en Chile tenemos un acervo de poderosas escultoras, no solo del presente, sino del pasado, como  Rebeca Matte, Ana Lagarrigue , Marta Colvin, Laura Rodig y tantas otras. Entrevisté a Lily Garafulic  y recuerdo la fuerza transmitía ella, necesaria para traspasar tantos obstáculos. Y me ha tocado ver cómo, de a poco, una serie de mujeres dirigen no solo galerías, sino el MNBA, el Museo Precolombino y el Museo Andino, entre varios otros. Pero aún falta mucho.  Por ejemplo, la educación escolar  hoy incorpora una mayor conciencia ambiental, pero falta transmitir una mejor educación patrimonial y artística, y mostrar el aporte del universo femenino en la creación y la cultura.

 

Por: Carolina Montesinos